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La tortuga de Zenón

(O la filosofía del futbolín)

 

Publicado en «El puntero de don Honorato, el bolso de doña Purita y otros relatos para andar por clase». Facep, Almería, 252 págs. Segunda Edición. Grupo Comunicar. Huelva. 1998.

Los dibujos son de Pablo Martínez-Salanova Peralta

© Enrique Martínez-Salanova Sánchez


El puntero de don Honorato/Bibliografía/Lecturas de cine/Glosario de cine


 

 

 

La tortuga de Zenón (o la filosofía del futbolín)


 

Según decía Don Honorato, filosofía significa «amar la sabiduría». Según el mismo Don Honorato ninguno de nosotros amaba la sabiduría, ya que no nos interesaba aprender nada, «que sois unos ladrillos, mas burros que un arado, y lo único que os importa es andar por ahí todo el día sin hacer nada y jugando al futbolín». Así, de esta manera Don Honorato nos impulsaba cada vez más a jugar al futbolín y menos hacia la filosofía, que en realidad nos importaba muy poco o nada. Entre todos, al único que parecía, así por encima, que le interesara la filosofía era a Don Honorato. Aunque no supiera jugar al futbolín. 

Amar la sabiduría era para nosotros muy difícil, en primer lugar porque querer a los sabios nunca ha estado bien visto y porque de por sí, los sabios siempre han resultado bastante ridículos a la gente normal. 

Hubo un sabio, Arquímedes, que en cierta ocasión salió de su casa, en cueros por más señas, gritando a todo gritar por su pueblo lo de «Eureka, eureka», que en griego  quería decir  «lo encontré, lo encontré», es decir que encontró algo importante que llevaba mucho tiempo buscando. 

Otro sabio, Newton, después de ver año tras año a las manzanas del huerto de su madre caerse de los árboles, descubrió, y esto también se caía por su peso, lo de la gravitación universal, y enunció las famosas leyes que fueron la tortura de todos nosotros siglos después. Da que pensar (da que filosofar, para ir más a tono con esta historia), que muchos de los hechos que con mayor fuerza han influido en la humanidad siempre han estado protagonizados por manzanas. Aparte de los descubrimientos de Newton está lo de Adán y Eva, o lo de la manzana de la discordia, que hizo que se armara la de Troya. 

Porque Don Honorato decía también que filosofar era pensar, y para animarnos nos explicaba que si todo el tiempo que dedicábamos a filosofar trastadas y locuras lo empleáramos en filosofar cosas importantes, como por ejemplo en manzanas o cosas así, el día de mañana podríamos llegar incluso a sabios. 

Así, poco a poco, nos iba descifrando Don Honorato la filosofía, y de vez en cuando nos intercalaba algunas historias, para nuestro entretenimiento. 

Un día nos contó lo de la tortuga de Zenón. Zenón era un sabio de la antigüedad, muy simpático por cierto, que en vez de pensar como otros sabios sobre manzanas, pensaba sobre tortugas. 

La tortuga sobre la que filosofaba Zenón era de una rapidez increíble, que cuando entraba en competición, ganaba a correr a cualquiera, incluso a Aquiles, el de los pies ligeros. Zenón, que había nacido en Elea y que por eso le llamaban Zenón de Elea, había convencido a Don Honorato de que su tortuga podía competir en una carrera contra alguien tan rápido como Aquiles. Lo increíble del caso, es que la tortuga, ganaba al mismísimo Aquiles. 

Don Honorato intentaba hacérnoslo creer de la siguiente forma: Aquiles pensaba, o Zenón pensaba que Aquiles pensaba, que si Aquiles hacía la mitad del recorrido y luego hacía la mitad de la mitad, y más tarde la mitad de la mitad otra vez, y así hasta el infinito, el de los pies ligeros no podría llegar nunca al final y la tortuga, que iba a su propio tran tran, sin pensar en mitades, debía ganar a Aquiles con toda seguridad. Todo esto se lo creía Don Honorato a pies juntillas e intentaba que nosotros no solamente lo entendiéramos sino que además lo creyéramos. 

Como la historia no nos quedó demasiado evidente, decidimos comprobar si era cierta practicándola durante el recreo. Queríamos verificar si ejercitada así a lo vivo, daba como resultado lo de la mitad de la mitad, y por descontado, intentábamos llegar a la conclusión de que la filosofía era algo creíble y que merecía la pena ser tenida en cuenta. 

Se cruzaron apuestas como casi siempre. Convencimos en primer lugar a Sofía, la más gordita de la clase, de que podía y debía, según la filosofía, ganar en una carrera a Agustín, que era el siempre el primero en todas las competiciones.

La carrera se organizó en el patio del colegio. Se estableció la línea de salida y la meta, a cien metros lisos, aunque algunos, Maripili entre otros querían una de vallas. Se nombraron los jueces y se organizó la carrera. 

A los gritos de «¡Tor-tu-ga!, ¡tor-tu-ga!» y de «¡A-qui-les!, ¡A-qui-les!». empezó la competición. Agustín intentó hacer por mitades el recorrido mientras se le ponían toda suerte de dificultades. Maripili se le aferró a la pierna izquierda mientras le hacían zancadillas, le daban codazos en toda su anatomía y le comían la moral diciéndole que no era capaz de filosofar en lo más mínimo y de que no llegaría nunca a sabio. A Sofía, sin embargo, la ayudaron, le dieron ánimos todo el trayecto, mientras Pepillo y Manolín la empujaban sudando la gota gorda. 

Ni por esas ganó la filosofía. No hubo manera. La carrera la ganó Agustín el de los pies ligeros, echando por tierra toda nuestra buena voluntad, el encomiable afán de investigación empírica, y sobre todo, la poca confianza que teníamos en la filosofía. 

Sofía lloraba y afirmaba que «se lo diré a mi padre que es de Hacienda», y fue a contárselo a Don Honorato, cometiendo el infundio de que lo habíamos hecho porque no creíamos en la filosofía de Zenón. Don Honorato nos pronosticó que nunca llegaríamos a ser hombres («ni mujeres», que dijo Rosarito), de provecho.

 La clase entera sacó la conclusión, después de aquella experiencia filosófica y de haber copiado quinientas veces «Soy un amante del saber, soy un amante del saber», que la filosofía era muy difícil de creer y menos de practicar, y que por lo tanto, como no podíamos ser hombres de provecho («ni mujeres», que volvió a repetir Rosarito), seguiríamos jugando al futbolín, que por lo menos lo entendíamos mejor que la filosofía.

© Enrique Martínez-Salanova Sán    n bn chez