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La «quistión» de la aceituna

La representación en una escuela de una obra del Siglo de Oro, las redes sociales y la sociedad general de autores ponen en ascuas a medio mundo

Los dibujos son de Pablo Martínez-Salanova Peralta

© Enrique Martínez-Salanova Sánchez


El puntero de don Honorato/Bibliografía/Lecturas de cine/Glosario de cine


 

 


 

Doña Josefina, la inspectora, salió en tromba hacia el colegio de siempre. No pasaba mes, a veces dos veces por semana, incluso en algún fin de semana, que los sobresaltos que llegaban desde esa escuela no la sacaran de sus ocios, normalmente chateos en Internet con imposibles y novelescos novios. «Hay colegios que no causan ningún problema, con otros no ganas para sustos», refunfuñaba mientras esperaba el autobús.

Y en esta ocasión, para la inspectora, los sobresaltos superaron todo lo anterior y lo posiblemente imaginable. ¿Quién les manda representar una obra de Lope de Rueda, filmarla, y colgarla en YouTube? ¿Y quién habrá sido el canalla que lo ha denunciado a la Sociedad General de Autores?

La citación judicial reclamaba la comparecencia de la inspectora en un plazo de quince días con un texto escasamente literario «se requiere comparecer de inmediato a la susodicha y dar las pertinentes explicaciones sobre representación de obra teatral registrada por tal y tal (no recordaba en ese momento los nombres de los autores), sin haber solicitado previamente dicha representación a dicha institución ni satisfecho las oportunas cuotas establecidas, con el agravante de haberse realizado en locales externos a la institución escolar de autos…»

Quemaban a la inspectora las palabras del requerimiento en el que la denominaban susodicha, repetían hasta la saciedad términos, dicha, otra vez dicha… en un un papel sin sentido… me pregunto, sobre Lope de Rueda, ¿no había fallecido hacía varios siglos? ¿Qué vienen a reclamar ahora derechos?

A pesar de la desmemoria de doña Josefina, la citación del Juzgado era clara. En el colegio se había representado una función teatral, un paso de Lope de Rueda, el de «Las aceitunas», por más señas, sin permiso de su autor. No lo creerá quien lea este relato pero, aunque Lope de Rueda finalizó su existencia en Córdoba en 1565, hace por lo tanto más de los 70 años, que marca la ley, la Sociedad General de Autores, en el legajo que acompañaba a la denuncia afirma que tal entremés, o paso, había sido adaptado por Eutimio de la Fuente García, Isabelina Rodríguez Fuertes y Anacleto Billete Hormaechea en 1978, con derechos sobre la misma, «ellos y sus descendientes, blablablá, blablablá,…, por lo que dada la ilegal representación se habían dejado de percibir unas tasas que…. blablablá, blablablá…»

Pero vayamos a los hechos desde el principio para que nadie se pierda, se enrede o se maree.

La aventura comenzó meses atrás, cuando doña Purita, prendada del Siglo de Oro, de sus escritores, aventureros y, sobre todo, de los lances amorosos que con frecuencia se veían en calles y alcobas, deseó hacer partícipes a sus alumnos de algunas de las delicias de aquellos pasados tiempos. Doña Purita, cuando paseaba por las callejas del centro de Sevilla, los pasadizos de Toledo o el Madrid de los Austrias, imaginaba toparse a cada rato con espadachines que dirimían a sablazos enredos y amoríos ocultos.

Pero vayamos al grano. Doña Purita quiso representar la obra teatral de uno de los pioneros que, con sus «pasos», farsas de tono popular y con personajes muy definidos, más tarde llamados «entremeses», dieron lugar a la edad más rica de las letras hispánicas. Y ahí llegamos a Lope de Rueda que, aparte de otros oficios, pues pasó su juventud martilleando metales para hacer planchas, hizo de todo en el teatro, actor y director y, sobre todo, dramaturgo.

Y puso manos a la obra, nunca mejor dicho, la función teatral que creaba polvo en una de sus estanterías, polvo que limpió antes de releerla y le pareció «de perillas» para sus fines: que los alumnos aprendieran literatura, que se divirtieran, que perdieran el miedo a salir en público y, por qué no, darse ella el gustazo.

Como primera medida, contó con don Honorato que, como siempre, tras mil pegas aceptó con condiciones, «vale, Purita, pero yo dirijo todo lo que tenga que ver con iluminaciones y electricidad, juegos y trucos escénicos, efectos especiales, proyecciones, para lo que tengo grandes ideas…»

Los alumnos se entusiasmaron con lo de «hacer teatro». Les daba igual, despreciaron olímpicamente los intereses formativos de doña Purita, el compromiso social de la obra, la representación de las diferencias sociales entre mujeres y hombres que se daba en aquel tiempo: las mujeres en casa y los hombres a cortar leña. Toruvio, el padre de Mencigüela, la protagonista, por poner un ejemplo, entra en casa exigiendo que le den de cenar, lo que muestra la sumisión de las mujeres de la casa y,  sobre todo, la de la hija hacia sus padres… El interés de los alumnos fue creciendo a medida que la maestra se explicaba, como contestó Maripili, cuando doña Purita preguntó si tenían alguna duda: «Pero vamos a ver, seño, ¿cuándo nos ponemos los disfraces?»

Comenzó la asignación de papeles y los ensayos. Repartir papeles en una escuela siempre fue complicado pues, los más no querían papel alguno, los menos, más de los necesarios, querían los papeles protagonistas. Desde antiguo, en las escuelas, los profesores dieron los principales papeles a los primeros de la clase, a los que mejor memoria (y notas), tenían. Doña Purita, sin embargo, era una mujer preparada, y ya había recibido formación suficiente como para saber que la memoria no era la capacidad más importante en el aprendizaje, y se decidió en esta ocasión por analizar los personajes y darlos a quienes tenían una personalidad más conforme a la que pretendió su autor, don Lope de Rueda.

Y así fueron repartidos. El personaje de Toruvio, el padre, un hombre simple, tozudo, un tanto violento, se le dio en primer lugar a Shen-Yuin, el chino, que había llegado de China apenas diez meses antes, y aunque se aprendió de memoria en poco tiempo el papel, se le trababa en exceso la poesía del Siglo de Oro. Hubo que reemplazarlo por Mijaíl Bogdánov que, aunque de padres rusos, desde niño hablaba el idioma de Lope de Rueda, con deje, sí, y un tanto barriobajero, pero castellano al fin. El papel de Águeda de Toruégano, la madre, fue adjudicado a Mariloli. Mencigüela, la hija, descarada para su tiempo, no lo podía hacer más que Rosarito, que no tenía pelos en la lengua. El vecino, Aloja, lo haría Manolín, que daba el perfil y la talla. Como la obra no tiene más personajes en origen, doña Purita se inventó algunos para dar gusto a los pretendientes a actores; así entraron Pepillo, que tocaba la flauta, Rosarito, que entraba como una vecina a pedir sal, sin venir a cuento, y Shen-Yuin al que, desilusionado por su descarte, se le permitió pasar en un momento dado por el escenario, dando saltos orientales. Había también apuntador, Abdulá, tramoyistas, iluminadores y encargados de sonido, bajo la dirección de don Honorato.

El dire, Doncarlosmari, concedió todos los permisos aunque, como siempre, con dificultades. Primero dijo que sí, pero que no, volvió a decir que no, y cuando doña Purita le recordó que, como alumno suyo que había sido, tenía muchas cosas que contar de él, volvió a decir que sí. Además, su afición a filmar todo lo que se le ponía por delante, le trajo la idea de hacer un buen reportaje de la representación.

Paquita, la conserje, siempre a disposición, y mucho más, se convirtió en el alma del suceso, pues animó a los maestros, contó a quien quisiera escucharla que «hacía años que no se representaba nada en la escuela, con lo bien que le viene a los alumnos hacer teatro, y atraen a sus familias, una vez vino el alcalde…». Bajo la dirección de don Honorato y doña Purita, preparó su propio taller para confeccionar el vestuario y parte del decorado. El pequeño habitáculo anexo a la entrada, se llenó de cartones, telas, bolsas: chalecos, pelucas, capas, faldas y corpiños. Las pruebas comenzaron de inmediato, los patrones, basados en reproducciones teatrales de la época, se convirtieron en vestuario, probado a los protagonistas entre bramidos y pescozones.

Y llegó el día de la representación. Abuelas, madres y padres que, al contrario que en las pelis norteamericanas, el padre prefiere hacer de espía en Arabia Saudita que ir a las fiestas del cole de sus hijos, llenaban el salón de actos de una institución cercana a la escuela. Estaban todos los padres, y madres, sin faltar, y tías y los hermanitos pequeños, además de vecinos y acompañantes.

Todo sucedió según lo previsto, salvo que Shen-Yuin, en uno de sus saltos cayó sobre Mariloli que, en una hamaca prestada por la abuela de Gutiérrez, discutía con Manolín el precio de unas aceitunas de las que aún no habían sido plantado el árbol. Es de reseñar igualmente que a Abdulá, que hacía de apuntador, se le cayó el libreto y detuvo la función un rato, y de otras eventualidades que no son dignas de reseñar pero con las que el auditorio infantil se divirtió con ganas, para eso era un «entremés,» y los familiares lloraron de emoción, suspiraron con alivio y aplaudieron a rabiar-

A don Honorato se le ocurrió la feliz idea de proyectar tras los decorados imágenes del siglo de Oro, textos, edificios, figuras e imágenes, que aumentaron la calidad de la representación y. como no, la emoción correspondiente en los espectadores, entregados por completo al espectáculo.

Todos felices, por tanto, y el mismo Doncarlosmari, radiante, lo filmó todo, sin dejar frase ni resquicio. Hizo un resumen, lo montó profesionalmente y lo colgó en YouTube. En la película no faltaba nada esencial, obra, autores del libreto, colegio en el que se hizo la representación, actores y colaboradores, día, mes, hora y año.

Los problemas surgieron un mes después cuando la nieta, Carmencita, de uno de los autores —adaptadores— del libreto, Anacleto Billete Hormaechea, atenta sin cesar en las redes a la entrada del nombre de su abuelo, detectó el hecho, lo rastreó y dio con el colegio, los nombres de los autores, dirección, incluso teléfono de cada uno de los que perpetraron aquella ilegalidad. El abuelo Anacleto, celoso en extremo con los derechos de autor, ferviente defensor de la legalidad a ultranza, dio cuenta a la sociedad de autores del hecho. Y la sociedad de autores, intervino con celeridad y eficacia.

De poco valía que la autoría de Eutimio de la Fuente García, Isabelina Rodriguez Fuertes y Anacleto Billete Hormaechea sobre el paso de Lope de Rueda fuera mínima, prácticamente irrelevante, pues se limitaron a cambiar en varias ocasiones el término muger, por mujer, agora por ahora, mochacha por muchacha, y cosas por el estilo. Lo importante es que, sin encomendarse a Lope de Rueda ni a nadie, lo registraron a su nombre, el de los tres, como si Lope de Rueda fuera un simple advenedizo. Para la Sociedad General de Autores, lo importante era que la autoría era de quienes habían realizado los arreglos, registrado el hecho y pagado sus cuotas como asociados.

Un ejemplo que ilustra la escasa importancia de la adaptación y que soliviantó a doña Purita es, cuando Mencigüela dice: «¡Jesús, padre! y habeisnos de quebrar las puertas», los eruditos Eutimio de la Fuente García, Isabelina Rodriguez Fuertes y Anacleto Billete Hormaechea, no sin horas de discusión, en un alarde de conocimiento del idioma, lo cambiaron por «Por Dios que vas a romper la puerta, padre». Se podrían poner más ejemplos aunque supongo que basta ese botón de muestra para ilustrar la importancia de la adaptación.

Cuando la inspectora, doña Josefina, llegó a la escuela, se comportó como un motor de combustión interna. Bufó, rebufó, castañeteó los dientes, resopló, bramó, y en el despacho de Docarlosmari, se caló. Testigos fueron el director y Paquita «la conserje». Tras unos segundos en estado catatónico, la inspectora bufó y rebufó de nuevo y, cuando se esperaba que se calase definitivamente, recompuso su figura y dijo: Un paso de Lope de Rueda en el siglo XXI, ¡a quién se le ocurre! ¡Rodarán cabezas!

El que la Sociedad de Autores denuncie a una escuela por representar una obra clásica, es de complicada explicación y de aún más difícil entendimiento para gente normal. Aún así, es mucho más difícil tranquilizar a una inspectora angustiada e histérica a la que se le ha citado oficialmente y que debe abonar unas tasas, a todas luces injustas, por algo que se escribió en el siglo XVI. Doncarlosmari, doña Purita y don Honorato, apoyados por Paquita, la conserje, y maestros y maestras que entraban y salían en escena, que opinaban, aconsejaban y traían infusiones y ansiolíticos, intentaban explicar a la inspectora que el asunto no era tan grave, que para qué preocuparse de que una sociedad trasnochada, anquilosada, inmersa en lo mercantil, que niega la cultura, que da prioridad al dinero sobre el conocimiento de los clásicos… «Sí, contestaba la inspectora, ¿y mi reputación, y mi honra? Y, ¿quién abona los 95 euros (¡noventaycinco!) de las tasas que nos impone la Sociedad de Autores?».

Doña Purita, conocedora de la obra original de Lope de Rueda y de la adaptación realizada por los denunciantes, manifestaba que los citados no habían cambiado casi nada, que así era fácil registrar obras ajenas como propias, «robabas a un autor del siglo de oro sus textos, les cambias cuatro cosas y ¡hala!, por la cara te conviertes en un autor clásico, y cobras por ello, sin comerlo ni beberlo y sin tener que nacer en el siglo XVI», gimoteaba doña Purita…¿y para eso eran necesarios tres autores, firmantes? ¿para hacer semejante desatino?.

Doña Josefina, a pesar de su irritación, tras el litro de tila que fue conminada a tomar, estaba dispuesta a entender casi todo: que se hubiera representado una obra de Lope de Rueda, aunque para sus adentros pensaba que era jugar con fuego; que hubiera doña Purita escogido una adaptación registrada por los supuestos escritores Eutimio de la Fuente García, Isabelina Rodríguez Fuertes y Anacleto Billete Hormaechea, en vez de la obra original, que hubiera evitado los avatares a los que se veía sometida. Lo que no podía soportar la inspectora, lo que enervaba sus entresijos y la colocaba en situación de exacerbado paroxismo era que la filmación de los hechos se hubiera colgado en YuoTube, de donde pasó a Facebook y al resto de las redes sociales, multiplicándose a velocidad vertiginosa por los cinco continentes y la Sociedad de Autores.

No hubo forma de parar desde las altas esferas el expediente incoado desde la sociedad de autores que llegó como denuncia al juzgado. Al contrario, la Sociedad de Autores, más chula que un ocho, se enrocó en sus posiciones a medida que aumentaban las adhesiones y quejas en las redes sociales y se le hacían insinuaciones desde las autoridades locales y provinciales.

Fue de Doncarlosmari, el autor de la difusión, de quien partió la idea que puso en marcha una estrategia que, si salía bien, podría acabar con el conflicto.

Al día siguiente, todos los de la clase, la mayoría de los maestros, y todas las amistades, familias y allegados, entraron en las redes sociales, contaron su historia, y las redes sociales las multiplicaron y difundieron por el planeta, y enviaron cartas, quejas y solicitudes y le pidieron explicaciones a la sociedad de autores, a los adaptadores y al mundo en general. Y se creó un batiburrillo de mensajes, un tinglado de opiniones y comentarios, un entramado mundial de chascarrillos, burlas y habladurías hacia la sociedad de autores que ésta dio marcha atrás, no sin advertir públicamente que la representación era una ilegalidad, sobre todo si se hacía en local diferente a un centro educativo y que, de repetirse, los infractores, por muy inspectores que fueran, debían atenerse a las consecuencias. El texto entrecomillado en la prensa local, del que se hicieron eco varios diarios nacionales y alguno internacional, no dejaba lugar a dudas de que la frías mazmorras o el fuego eterno pudieran acoger en el futuro a quienes, sin solicitar permiso ni abonar tasas, volvieran a repetir la torpeza de llevar a las tablas una obra registrada en la sociedad de autores.

La inspectora, doña Josefina, pudo dormir tranquila esa noche, a la espera del próximo sobresalto, no sin advertir a Doncarlosmari que era la última vez que sucedía tal cosa.

Doña Purita, sensata, decidió que la próxima vez ella misma adaptaría los textos «para ese viaje no se necesitan alforjas», se dijo, y evitamos problemas.

Y los protagonistas vivieron con sus recuerdos, en los que predominaba una familia que vendía las aceitunas que no habían sido plantadas y una sociedad de autores que vive también de la venta de las aceitunas que otros han sembrado, cuidado, recolectado y aliñado.