VOLVER A «EL PUNTERO DE DON HONORATO»

El cesto de Sócrates

 

Gaseoso, o líquido, el aprendizaje en los mundos virtuales no es necesario que sea peligroso

Publicado en www.aularia.org

 

Los dibujos son de Pablo Martínez-Salanova Peralta

© Enrique Martínez-Salanova Sánchez


El puntero de don Honorato/Bibliografía/Lecturas de cine/Glosario de cine


 

 

No gustó a don Honorato que sus antiguos colegas de la escuela dijeran de él que andaba en las nubes, en la estratosfera, que aún cuando siempre fue un incordio, desde su jubilación aún más, vivía en las redes y por lo tanto en las nubes, y le aconsejaron con retintín que por el bienestar suyo, de la Humanidad, y sobre todo de ellos mismos, se dedicara a pasear al sol y que hiciera como otros jubilados, mirar al tren o las obras de la carretera, y dejar en paz a quienes seguían trabajando en pro de la educación de la infancia. Fue a causa de que el maestro comentara en las redes algunos aspectos cuestionables de una educación escolar que a él le pareció obsoleta y periclitada (sic) cuando, en un rapto de sinceridad malsana, se explayó a gusto en los universos digitales. Jubilado sí, fuera de las aulas, sí, pero no en los cielos. Y se acordó de aquel antiguo grabado que representa el momento en el que Sócrates fue colocado por Aristófanes en un cesto, sobre la tierra, colgado, en el aire, en su obra satírica «Las nubes». Aristófanes acusaba a Sócrates de sofista o, lo que era lo mismo, de que enseñaba a sostener ideas contrarias a las justas, y que utilizaba bellaquerías en sus escritos. Decía del anciano filósofo que andaba fuera del mundo. Don Honorato no pudo soportarlo y entró a la palestra telemática.
Pero vamos por partes.

Doncarlosmari, el director de la escuela en la que el maestro y doña Purita dejaron vida y salud durante décadas, escribió un Twuit, un tuit, para entendernos, de 294 caracteres en el que afirmaba que: «Hubo maestros en esta escuela que, ya afuera, en su nube, en plena irresponsabilidad, critican a sus colegas, se creen superiores a los demás y elucubran con las ideas más sanas, así corrompen a la juventud, como vulgares y trasnochados sofistas, ellos que no son nadie, que mejor es que callen».

Don Honorato vio enseguida que el joven director aducía los mismos argumentos contra él que Aristófanes utilizó contra Sócrates, de los que quedó constancia fehaciente en «El Banquete», de Platón. El maestro entendió, o quiso entender, que Doncarlosmari utilizó contra él los mismos calificativos que el comediógrafo griego asignó al sabio griego y que, al subirlo al cesto, mirando al cielo, en niveles superiores, sin contacto terreno, se rió del sabio, lo desprestigió con bromas pesadas, y se refirió a él como «mendigo parlanchín de mirada espectral, que nunca se lava, y va habitualmente descalzo y vestido con un lúgubre manto» ya era el colmo. A pesar de que nada de eso decía el texto de 294 caracteres, y don Honorato tenía muy en cuenta su higiene personal y era pulcro y limpio, se dio por aludido cuando el director entró a realizar juicios sobre su limpieza y esmero.

Y claro, don Honorato se subió, no al cesto ni a la nube, sino a la parra, y se lió. Un calentón lo tiene cualquiera pero que le llamaran sofista le llegó al alma y fue el comienzo de una conflagración en el universo telemático de magnitudes siderales. Eso fue cuando en un tuit de respuesta se le escapó lo de obsceno y escatológico comediógrafo de tres al cuarto. para referirse al joven director y, aunque más tarde se dijo y desdijo, y explicó que eran epítetos normales en la antigüedad clásica, y más referidos a los comediógrafos, se abrieron de par en par las puertas del averno.

Casi todo el mundo entró al trapo, de arriba abajo, de izquierda a derecha, en oblicuo, de aquí para allá y de allá para acá, infinidad de mensajes que abarcaron a parte de la comunidad educativa, y en la que no solamente intervino don Honorato y parte de la población, sino que también se coló en el debate una concejala y la mamá de Manolín, que nunca faltaba en estas beligerancias. La concejala de festejos, Sofía, cuando vio una referencia indiscutible a su actuación municipal, con insinuación directa a los «sofistas», o «sofiestas», contra ella y sus seguidores partidarios, captó el mensaje, de cuando aquella vez que negó una ayuda para las fiestas del colegio. Aunque le dijeron sus colaboradores que lo de sofistas nada tenía que ver con ella, la concejala siguió adelante, en sus trece, erre que erre. Recordaba aquellos escarnios escolares, cuando le gritaban «De Sofía nadie se fía», «Sofiesta se va de fiesta», y se dijo que quien ríe último ríe mejor y se guardó sus enojos para cuando le vinieran a solicitar nuevamente alguna ayuda.

Lo cierto es que se trasladaron sin ton ni son por el firmamento virtual unas cuantas cosas que no debieron decirse, pero que se dijeron, y quedaron ahí. Qué peligrosas son las redes, cuando irreflexivamente se lanzan denuestos, improperios, calificaciones o insultos con las que uno pasa de la intimidad de la mesa de camilla al universo total, de lo que se piensa a lo que se hace saber, de lo intrínseco a lo que llega a los mundos exteriores, al cosmos.

Fue entonces cuando doña Purita entró al trapo. Muy descontenta por cómo se trataban el asunto, y no solamente por las incorrecciones gramaticales y algunos errores ortográficos con los que los tertulianos iban de dimes y diretes. No le gustó tampoco la gran cantidad de inexactitudes, argumentos innecesarios, descalificaciones y, sobre todo, que tocaran a Honorato, su compañero de fatigas y ahora colega en las redes. Publicó en su blog: «Si entran en Aristófanes y en la antigüedad clásica, lo menos que pueden hacer quienes juzgan desde su ignorancia, incompetencia e inexperiencia, es irse al Pensadero, o Pensatorio, según la traducción que se hiciera. Y se detenía la maestra en explicar que el Pensadero, lugar de pensar, era el lugar de estudios que ideó Aristófanes como crítica a la Academia de Sócrates. Ahí debiera ir a reflexionar Doncarlosmari, donde merecía un puesto, él que hablaba tanto de «El rincón de pensar», no pensaba. Doña Purita explayó su disertación a la filosofía griega al completo, al devenir de Heráclito, el líquido universo virtual, el agua que fluye en los ríos, que se solidifica en la nieve, o se hace densa en la tenue corporeidad de las nubes… ¡oh!, la filosofía griega.

Y corregía doña Purita en su blog, se lanzaba de frentón contra la argumentación de Doncarlosmari sobre «Las nubes», de Aristófanes, y le explicó de cómo Estrepsíades, harto de que su hijo Fidípides se negara a ir a pensar a la academia, entró él mismo, y aprendió de quien especulaba, elucubraba, decidía. Y directamente, conminó a Doncarlosmari a que hiciera eso, que se internara en una institución y aprendiera algo sobre los argumentos justos e injustos, que le ayudara a evitar opiniones antiguas y adquiriera opiniones nuevas, como en las nubes, tal y como proponía Aristófanes.

Contestó Doncarlosmari molesto, en su blog, lo difundió en el tuiter, y con todo su potencial analógico y didáctico, en el tablón de corcho de la escuela, amplificado por los sistemas tradicionales de exponerlo durante el desayuno de los maestros, la junta directiva, el Consejo Directivo y en el boletín del cole, en papel y por email, a los cuatro vientos. El joven director achacaba a los maestros jubilados una divinización del mundo virtual, exaltados por la plebe, y por citar otra vez a Aristófanes, entró en lo clásico, hablaba de tantos sitios de corrupción de jóvenes, como el propio Platón escribe al inicio del Eutifrón, la acusación consiste en corromper a los jóvenes a través de sus nuevas ideas perniciosas, que era eso lo de enseñar en los espacios virtuales, ¡ah!, y los teléfonos móviles, que la enseñanza no acaba en la escuela, y que cada uno se forma a sí mismo de por vida. Se refería Doncarlosmari a una acusación que hizo de forma velada don Honorato, que utilizaba exactamente los mismos términos que utilizaba Aristófanes contra Sócrates y aquellos que promovían que, desde el no saber nada, se podía promover una vida rica en conocer cuantas más cosas mejor.

Tanto hablar de nubes, doña Purita rememoró a Campoamor, que escribió en el poema «Colón», canto XII, «¡Y las nubes, conforme adelantaban, pasaban, y pasaban, y pasaban!...» «¿Y es más cierto lo real? No, no; en resumen, es sombra y nada más la humana gloria; nubes que van y vienen es la historia». Doña Purita se exaltaba en la idílica de su mundo virtual que, como las nubes de Campoamor, nos ofrecen el espectáculo de la vida. La existencia, ¿qué es sino un juego de nubes? Diríase que las nubes son «ideas que el viento ha condensado»; ellas se nos representan como un «traslado del insondable porvenir». «Igualito que en las redes», finalizaba su elucubración doña Purita.

Total, que Aristófanes /Doncarlosmari, que desvalorizaba a Don Honorato /Sócrates, colgándolo en un cesto mientras observa el cielo, y dice que nada sabe para así conseguir que quien cree saber algo dé razón de su sabiduría, para hacer partícipes de sus conocimientos a los demás.

Y ascendió doña Purita, en su defensa de lo inmaterial, de lo cibernético, de la nube existencial del universo telemático, hasta la literatura medieval, que convirtió en tópico el aludir a lo fluyente, fungible, licuable, o líquido como se le llama en el argot digital, como símbolo del rápido correr de los años, del pasar de la existencia humana. Como decía en aquellas coplas que Jorge, Jorge Manrique, entonaba a la vida, «a los ríos que van a dar en la mar que es el morir».

Claro, comentó Doncarlosmari en su blog, refiriéndose a lo doña Purita y a don Honorato, jubilados que se quieren hacer pasar por modernos, ¿líquidos, licuados, o liquidados? Lo de «líquidos» lo comentaba no sin cierto sarcasmo por lo que decía el sociólogo Zygmunt Bauman, autor del concepto «modernidad líquida» para definir el estado fluido y volátil de la actual sociedad, que no posee valores demasiado sólidos y está plagada de fluctuaciones e incoherencias por la vertiginosa rapidez de los cambios, que han ha debilitado los relaciones entre las personas.

Don Honorato que, por avatares de la vida y de la edad pasó de la dureza a la flexibilidad, no comprendía cómo se podía ir hacia atrás en los avances didácticos. Con los esfuerzos que le había costado su propio cambio, de llevar a Manolín, a Maripili, a Rosarito, en filas, como dios manda como decían antes, a conseguir hablar con ellos, a incitarlos a aprender de todo un poco, a ayudarles a buscar en la naturaleza y en las personas, a sentir curiosidad por la ciencia y la historia, los fenómenos naturales y los cuerpos astronómicos, a intentar que aprendieran. Aquello de lo líquido le sonó a insulto, a chino mandarín, investigó en las redes, y más aún se soliviantó. Volvió a entender que lo tachaban de «postmoderno» que, unido a lo del cesto en las nubes, se vio ahora de estrella del pop, en la inopia, disfrazado de raro y desafecto a las ideas tradicionales. Doña Purita hizo causa común con su colega de tantos lustros y juntos plantearon sus estrategias para dar la cibernética batalla final.

Era fundamental establecer una base logística, un puesto de mando, un cuartel general. Doña Purita propuso como tal la Biblioteca Municipal, en la que no faltaba ni documentación ni artilugios tecnológicos, incluidos los acústicos. Como se explica en cualquier manual al uso, el puesto de mando avanzado debe establecerse en un lugar cercano a la emergencia para ofrecer mejor control y coordinación de los efectivos y actuaciones, y el edificio de la Biblioteca se ajustaba perfectamente ya que se encontraba justamente en frente del colegio en el que Doncarlosmari, al decir de don Honorato, perpetraba sus desmanes.

Y allí se vieron con sus aliados. Allí llegó el incombustible Manolin, ya Manuel y pronto don Manuel, la extrovertida Maripili, María Pilar, la ingeniosa Rosarito, Rosario Pérez Belmonte, y otros de la pandilla, en donde no podían faltar ni Abdulah ni Akira, ni el joven profesor Olegario, para dar el toque informático a la contienda.

A Doña Purita se le ocurrió que el campo de batalla podría ser poético, unos juegos florales, al estilo de los ludi Floreales, que en la antigua Roma se celebraban para honrar a la diosa Flora.

Don Honorato hubiera preferido algo más palpable, real, tangible, contundente, aunque le pareciera peligroso utilizar la ciencia, la química o los fenómenos naturales y atmosféricos, los rayos y las tormentas y, a sugerencias de los aliados, dio su brazo a torcer. A pesar de que en la Roma de la antigüedad el festival tenía connotaciones licenciosas y sensuales, y era de carácter plebeyo, no les importó, y pusieron manos a la obra.
Los de afuera, desde la Biblioteca, sitiaron la escuela, la ciudadela, el núcleo duro en el que se asentaba Doncarlosmari y sus seguidores, refugiados en la fortaleza de dejar casi todo como estaba y con la idea de que, si había que cambiar algo, que fuera exterior, vistoso, pintar fachadas, limpiar el polvo, maquillaje en el que eran expertos. Era un táctica antigua y muy sencilla, pero de probada eficacia durante siglos: cuando algo no funciona, se le cambia de nombre y alguna cosilla de poca monta, de cara a la galería, mientras todo sigue igual. Algo así como el dicho popular, «el mismo perro con distinto collar».

Los sitiadores se repartieron los papeles. La coordinación de los recursos, directamente lo llevaría don Honorato; el asesoramiento técnico sobre riesgos específicos, Rosarito, Rosario, que estudiaba farmacia; el establecimiento de sistemas de comunicaciones, don Olegario, y Akira la informática; los sistemas de análisis se encomendaron a Abdulah; la coordinación de medios logísticos y zonificación, Manolin y Maripili, y el control cronológico de intervenciones y eventos, se lo adjudicó doña Purita.

Doncarlosmari y sus adeptos iniciaron su tarea de investigación en las redes con la finalidad de encontrar algún punto débil en sus adversarios, que eran muchos, a su entender.

Y así, ambos bandos afilaron lápices, empuñaron ordenadores, se guarecieron en sus respectivos reductos y se reconcentraron en el diseño de estrategias de ataque y defensa. Todo llegará, pero nuestros lectores lo podrán seguir en el próximo volumen, en el que es posible que se solucionen, o no, algunos de los problemas ya esbozados.